Reflejo del estado mental: reflejar
consiste en decirle verbalmente al niño lo que le pasa en ese momento (lo que
siente, lo que necesita, lo que quiere), es decir, nos convertimos en un espejo
de su estado mental. Por ejemplo, “Amanda, por tu carita puedo ver que estas
angustiada”, “entiendo, estás nerviosa porque te sientes intranquila”. El
reflejo del estado mental tiene beneficios tanto afectivos como educativos.
Afectiva porque permite mostrar empatía y validad lo que el niño siente en ese
momento. Por otro lado, el reflejo contiene la experiencia del niño y al
traducirle a este lo que le pasa en palabras simples, le resulta más fácil
tolerar lo que siente y, por tanto, calmarse. En cuanto al beneficio educativo,
el reflejo permite que el niño vaya poco a poco aprendiendo a reconocer y a
ponerle nombre a lo que le pasa, de la misma forma que algún día lo aprendió
con otros estados más simples, como el frío o las ganas de ir al baño.
Este es un blog hecho por una psicóloga clínica, pensando en un espacio dedicado a los padres y madres que necesitan orientación en temas cotidianos para resolver dificultades de sus hijos, además de brindar un espacio de reflexión para personas que requieran de un profesional.
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lunes, 31 de diciembre de 2018
viernes, 26 de junio de 2015
jueves, 13 de febrero de 2014
Recursos Psicológicos del Educando
Existen diversas variables internas
en los alumnos que influyen en su comportamiento y rendimiento escolares. Es
necesario conocerlas para tener una mayor comprensión y ampliar la mirada
frente a las conductas que muestran los niños. Sin embargo, ellos no sólo
dependen del niño sino que, también, del apoyo que otorguen los otros cercanos
y significativos como los padres y profesores.
Varios estudios en esta área
confirman una relación positiva entre rendimiento escolar y variables
intrínsecas del niño como autoestima, autoconcepto, motivación y expectativas.
Se hace necesario entonces conocer
el significado de estos constructos psicológicos.
2.- Autoconcepto Académico: Este
concepto se define como la parte del sì mismo que se relaciona más directamente
con el rendimiento académico y aparentemente, sirve como un sistema de guía
personal para dirigir el comportamiento en la escuela y juega un rol
fundamental en la determinación del rendimiento académico del estudiante.
El Autoconcepto académico integra
las siguientes dimensiones:
a.- Interrelación: Juega un rol
importante el aprecio que el niño tiene por sus compañeros y el nivel de
confianza que logra en la relación con ellos. Un niño con un buen nivel
afectivo y social con sus pares se identifica con su contexto escolar, es
amistoso, espontáneo, tolerante a la frustración y maneja de mejor manera la
rabia.
b.- Asertividad: Incluye la
habilidad de expresar adecuadamente tanto los sentimientos positivos como
negativos; por ejemplo, afecto, respeto y amor que facilita o sirve de base al
sentido de control que experimenta el niño sobre lo que ocurre en la clase.
4.- Capacidad de afrontamiento: Se
refiere a la confianza que tiene el niño en sus habilidades académicas para
satisfacer las demandas del medio orientadas al cumplimiento de las metas
académicas. La pregunta aquí es ¿soy capaz de hacerlo?
Desde este enfoque un niño con un
nivel de Autoconcepto académico tendera a esforzarse y mantener el esfuerzo en
una situación de aprendizaje, por el contrario, si el menor posee un bajo
Autoconcepto académico va a disminuir el esfuerzo y la manutención del mismo,
evitando las situaciones de aprendizaje que amenazan su Autoconcepto.
1.- Autoconcepto: Básicamente es
una percepción que tienen los individuos de diversos aspectos de sí mismos.
Estas cogniciones, que el individuo tiene conscientemente acerca de sì,
incluyen todos los atributos, rasgos y características de personalidad que
estructuran y se incluyen en lo que el individuo concibe como su yo. Es la imagen
que tenemos de nosotros mismos en las dimensiones perceptual, cognitiva y
afectiva. Responde a la pregunta ¿quién soy yo?
Conductualmente se expresa en
acciones donde el niño manifiesta los propios sentimientos y sus derechos sin
negar los de los demás. Una alta asertividad implica que el niño está dispuesto
a enfrentar la autoridad y hacerse escuchar, defiende su propia identidad
personal y exige reconocimiento.
c.- Seguridad en sì mismo: Se
refiere a la confianza en el propio potencial. Un alto compromiso le permite
asumir las actividades como reforzantes y por tanto requiere de pocos esfuerzos
extrínsecos.
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miércoles, 12 de febrero de 2014
La familia y la autoestima
La autoestima, además es aprender a
querernos y respetarnos, es algo que se construye o reconstruye por dentro.
Esto depende, también, del ambiente familiar en el que estemos y los estímulos
que este nos brinda.

Por ejemplo, cuando existe
violencia intrafamiliar, se puede decir que las víctimas y los victimarios
poseen muy baja autoestima, ya que por un lado, la víctima es alguien al que
maltratan sin que ésta pueda poner límites y no se da cuenta de que está siendo
abusada. Por otro lado, los victimarios compensan lo inferior que se sienten,
maltratando y abusando, en este caso, de un familiar.
Muchas de las heridas emocionales
que tiene una persona, producidas en su niñez pueden causarnos trastornos
psicológicos emocionales y físicos (cáncer, úlceras, hipertensión, trastornos
cardíacos y alimentarios, problemas en la piel, depresiones, etc.), produciendo
dificultades en la vida de las mismas(conflictos serios en el trabajo,
disminución de la energía y de la capacidad creativa, relaciones matrimoniales
desastrosas, no poder hacer o conservar amigos, poco entendimiento con las
hijas e hijos).
Existen padres, madres, docentes o
cuidadores que humillan, desprecian, no prestan atención, se burlan o se ríen
del niño/a cuando pide ayuda, siente dolor, tiene un pequeño accidente,
necesita que lo defiendan, expresan miedo, piden compañía, se aferra buscando
protección, tiene vergüenza, etc.. Estas actitudes se completan con otras
totalmente opuestas, demostrándole al niño que es "querido y bonito"
creándole una gran confusión. Pero estas muestras de cariño son aparentes,
adjudicándole un rotulo a su identidad, que trae como consecuencia un peso
negativo en formación y en el desarrollo de sus capacidades.
En el momento en que la persona
afectada es adulta, transmitirá la humillación o el maltrato a personas más
pequeñas o vulnerables. Es una cadena hereditaria de abuso y poder, ya que el
desprecio y la vergüenza vivida en la infancia son la fuente de los problemas
que afectan en la vida adulta y los causantes de la baja autoestima.
La principal imagen y más
generalizada forma de violencia es el maltrato emocional. Hay muchas maneras
pasa asustar a un niño y hacerlo sentir culpable e intimidado, sin recurrir a
la violencia física. El niño o la niña se atormenta con pensamientos y
sentimientos que no pueden comunicar ni compartir con nadie y aprenden a
soportar el dolor y el silencio.
La autoestima y la comunicación
están muy relacionadas, porque según como se diga algo, el efecto será positivo
o negativo, de aprendizaje o de resentimiento, que se transmite desde la
infancia hacia el futuro. Por esta razón, se entiende que los padres y madres
que dañan la autoestima de sus hijos no siempre lo hacen intencionalmente, ya
que ellos fueron educados del mismo modo.
Cuando los padres quieren que sus
hijos reaccionen como ellos desean, suelen comportarse de maneras particulares.
Estas maneras pueden ser:
Mártires: controlan al niño
haciéndolo responsable de su sufrimiento y culpable por todo lo que pueda
querer o hacer que no le caiga bien a estos mártires, a quienes nada les viene
bien, y recurre a las quejas, los reproches, las lagrimas, las amenazas de que
les va a dar una ataque, etcétera.
- Ves como me sacrifico por ti y no
te importa-
- Dejé todo para criarte y me lo
pagas haciendo eso-
- ¿En qué nos equivocamos que nos
haces estas cosas?-
Dictadores: controlan al niño o la
niña atemorizándolos cuando hacen algo no autorizado, son estrictos y
amenazantes para que obedezcan y todo los enfurece. Condenado de manera
inapelable al niño, con burlas, gritos, despliegue de poder y dominación.
- Como podes ser tan estúpido/a,
como no te das cuenta de las cosas-
- Te avisé y ahora vas a ver lo que
te pasa por no obedecer-
- Yo no tengo que darte
explicaciones, lo haces porque te lo ordeno y punto-
A veces estos roles (mártir y
dictador) se combinan, se alternan y agregan mas confusión a los niños porque
también van acompañados con demandas o manifestaciones de cariño. Y si un hijo
llega a quejarse, a llorar o a reclamar por el trato que recibe puede volver a
ser juzgado, culpado y descalificado.

Según se hallan comunicado nuestros
padres con nosotros así van a ser los ingredientes que se incorporen a nuestra
personalidad, nuestra conducta, nuestra manera de juzgarnos y de relacionarlos
con los demás.
Esas voces quedan resonando dentro
de nosotros toda la vida. Por eso hay que aprender a reconocerlas y anular su
poder para que no nos sigan haciendo sufrir, para liberarnos de esos mandatos
distorsionados y para no volver a repetírselos a nuestros hijos e hijas.
Ninguna forma de maltrato es
educativa y ningún mensaje o comunicación que culpabiliza, critica, acusa,
insulta o reprocha es un buen estímulo para nadie. Y menos en la infancia,
cuando no hay posibilidades de defenderse, protegerse o entender que es la
impotencia y el desconocimiento de otras formas de trato lo que lleva a los
padres y madres a asumir ese papel de mártir o de dictador.
Lo primero que hay que entender es
que no podemos hacernos cargo toda la vida de los problemas que amargaron o
hicieron de nuestros padres y madres personas mártires o dictadoras. Basta con
empezar a investigar de que manera nos afectaron esas actitudes, para comenzar
a liberarnos de sus efectos y no repetir nada de esto con los propios hijos e
hijas, con nuestros alumnos, con cualquiera de nuestros chicos o chicas que
puedan estar a nuestro cuidado.
lunes, 10 de febrero de 2014
Influencia de la familia y la escuela en la depresión
La familia es el entorno más
inmediato de cualquier niño, y en sus cuidados y atención se basa la
posibilidad de supervivencia, la cual no sólo es física sino psicológica, ya
que desde el nacimiento hasta los tres años, el niño desarrolla todos los
elementos básicos con los que más tarde va a construir su vida futura, el
lenguaje, los afectos, hábitos, motivaciones, etc.
El apego que la madre y el hijo
establezcan mutuamente, constituye el vehículo de una adecuada integración
social y personal – psicológica del niño. Los apegos inseguros se han
relacionado con todo tipo de problemas de conducta y con depresión, así como su
contraparte el apego seguro, es la meta ideal
de prevención de la aparición de depresión infantil. Del mismo modo la
depresión materna aparece claramente definida como una de los factores de
riesgo asociados a la aparición de depresión en un niño.
Cuando el niño crece también son
indispensables para su normal desarrollo emocional las buenas relaciones con
los padres. Los expertos claramente han señalado cómo las malas relaciones
entre padres e hijos son la causa específica de muy diversos problemas
infantiles, entre ello las depresión.
En relación con la familia, se ha
estudiado que el lugar dentro del sistema fraternal que ocupa un niño lo hace
más susceptible a desarrollar trastornos de tipo emocional, en especial los
hermanos intermedios. Por lo que los padres han de prestar especial atención a
la construcción de la autoestima adecuada y autoeficacia en el niño, así como
incentivar la capacidad de afrontamiento y manejo adecuado de la frustración, a
modo de prevención de la depresión en el niño.
En cuanto a la escuela, se sabe que
la localización precoz de cualquier deficiencia de aprendizaje en un niño y su pronta
solución para lograr una situación de progreso normal y aceptable, eliminado la
posibilidad de trastornos afectivos que conlleven a la aparición de depresión
en el alumno.
Muchos autores han relacionado la
depresión infantil con el grado de rendimiento escolar, unas veces
considerándolo como causa y otras como efecto de la depresión. De hecho un niño
deprimido puede descender su ejecución en la escuela, pero también puede
comenzar sus síntomas depresivos por un fracaso académico. De allí radica la importancia
de una buena evaluación y seguimiento por parte del maestro para detectar estos
cambios en el alumno.
A modo de conclusión, en la
actualidad la existencia de la depresión infantil es un hecho comúnmente
aceptado por la comunidad científica especializada, por lo que ha cobrado gran
importancia su estudio y tratamiento. Algunos han llegado a denominar a la
depresión como la enfermedad del siglo XXI.
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lunes, 27 de enero de 2014
Conceptualización General de los Factores del Desarrollo
El
estudio del desarrollo humano implica un conocimiento integral de los cambios
constitucionales y aprendidos que se están sucediendo dentro de un proceso
continuo, inherente y evolutivo, donde es importante entender la integración y
organización de las distintas conductas en cada etapa del proceso.
El
desarrollo humano se define como; “Conjunto
de transformaciones interrelacionadas que se ubican u ordenan en un lugar
específico dentro del continuo temporal que constituye la vida del individuo”.
(Thomae).
El
desarrollo es un proceso gradual y
progresivo de construcción y formación de la personalidad. Es decir, lo
contrario a lo que en algún momento se planteó desde el Preformismo, en donde
se planteaba que el hombre estaría formado desde la concepción, por lo que sólo
requeriría desplegarse hasta su configuración final. Esta visión, sólo apunta a
considerar al desarrollo como crecimiento y no como un proceso de transformaciones.
Desde un
punto de vista descriptivo general, el desarrollo se define como un proceso de diferenciación e integración. La diferenciación
es el proceso de emergencia de elementos y funciones que componen el sistema
del comportamiento, por lo que necesariamente implica especialización. Un
ejemplo de esto, lo constituye la emergencia del lenguaje. Previo a que surja
el lenguaje se requiere que el niño pueda oír, que sea estimulado a hablar, que
tenga intención de comunicarse, que presente maduración en su aparato
fonoarticulatorio, entre otros elementos que al unirse, permiten que el niño
comience a hablar.
La
integración en tanto, le da sentido y significación a las partes diferenciadas.
Es lo que permite incorporar una emergencia en el sistema del comportamiento.
El proceso de integración es propio y distintivo de los organismos vivientes.
Ambos
(diferenciación e integración), son dos procesos indisociables. Sin embargo,
aunque indisociables, en el desarrollo de los niños se presentan momentos de
mayor diferenciación, que corresponden a la aparición acelerada de importantes
funciones o capacidades, produciendo desintegraciones relativas del sistema del
comportamiento que son llamadas fases
críticas del desarrollo. Un ejemplo de esto lo constituye la llamada edad
de la obstinación, en donde debido al surgimiento de nuevas funciones o
capacidades, el niño se muestra lábil emocionalmente, irritable, terco, egoísta
y por ende difícil de manejar tanto para su padres como entorno cercano.
En otros
momentos, prevalecen los procesos de integración que se reconocen por una mayor
estabilidad y unidad del sentido de la conducta y son las fases intencionales.
Un ejemplo de esto lo constituye la edad
escolar, etapa en donde se observa una mayor estabilidad en el sistema del
comportamiento debido a que se han ido incorporando los cambios y emergencias
propias de la etapa de desarrollo anterior. Es así como un niño en edad escolar
es sociable, se interesa por aprender, es solidario, lo contrario a la edad de
la obstinación antes descrita.
El
desarrollo humano, es el estudio científico de cómo cambian las personas y cómo
permanecen algunos aspectos con el correr del tiempo. Dichos cambios pueden ser
de dos maneras:
1. Cambios cuantitativos: variación
en el número o la calidad de algo, como la estatura y el peso.
2. Cambios cualitativos: se
presenta en el carácter, la estructura o la organización, como la naturaleza de
la inteligencia de una persona.
Dentro de
las áreas del desarrollo humano tenemos:
a.
Desarrollo físico: cambios corporales, de las capacidades sensoriales y de las
habilidades motrices que forman parte del desarrollo físico e influyen en el
intelecto y personalidad.
b.
Desarrollo social y de la personalidad: cambios que se refieren a la forma en
cómo la persona se relaciona con los otros y cómo expresa emociones y
sentimientos.
c.
Desarrollo cognitivo: cambios en las facultades mentales como el aprendizaje,
la memoria, el razonamiento, el pensamiento y el lenguaje.
martes, 11 de junio de 2013
Factores Sociodemográficos y otras variables que afectan la calidad del vínculo de apego
Factores de la madre:
Existen, además de
la psicopatología materna y de la depresión postparto, otros factores de riesgo
para el establecimiento de un adecuado vínculo de apego entre la madre y su
hijo, entre ellos se encuentran la dificultad para aceptar el embarazo, la edad
extrema de la madre, las dificultades en la lactancia, dificultad con la pareja
y falta de apoyo emocional, ser madre soltera, separada o viuda, pérdidas y
duelos importantes de figuras en edad temprana, maltrato físico, psicológico o
sexual en la infancia de la madre, presentar estrés laboral, sobrecargas del
rol materno en el hogar, aislamiento social y faltas de redes de apoyo externo,
además de pertenecer a un nivel socioeconómico bajo (MINSAL, 2008).
Un papel esencial
en el desarrollo del estilo de apego seguro, lo tiene la familia como el primer
referente social de un niño, ya que permitirá la configuración de los esquemas
que influyen en la futura interacción con el mundo. En este sentido, buenas
relaciones familiares permiten una adecuada adaptación en el futuro, las que
incluyen el mundo escolar, relacional y de pareja (Sanchis, 2009).
Dentro de la
familia están los cuidadores, principalmente la madre, que aportan sus propias
características a la interacción con el bebé. La relación entre el
apego madre - bebé está inserta en un modelo de desarrollo global, dentro del
cual existen variables de la madre y del contexto más amplio en el cual se
desarrolla el bebé (Tarabulsy et al., 2005 en Quezada & Santelices, 2009). En este sentido,
se ha observado que las experiencias infantiles de apego de la madre o “modelos
operativos internos” (Bowlby, 1980 en Quezada & Santelices, 2009), es decir, la reconstrucción de las experiencias
tempranas de apego, están íntimamente relacionadas con la sensibilidad
(Atkinson et al., 2005; Raval et al., 2001, Tarabulsy et al, 2005
en Quezada & Santelices,
2009) y las representaciones que tiene la madre sobre su futuro hijo y
sobre sí misma como madre (Huth-Bocks Levendosky, Bogat, & von Eye, 2004 en
Quezada & Santelices, 2009), éstas,
además, tienen un significativo ascendiente sobre el estilo de apego del bebé
(Atkinson et al. 2005; Huth-Bocks et al. 2004; Raval et al. 2001,
Tarabulsy et al. 2005; Ward & Carlson, 1995, en Quezada & Santelices, 2009).
Los cambios de las variables maternas ya referidas, durante
su biografía, están influenciadas por las propias experiencias de apego de la
madre y pueden afectar el apego del bebé. Esto puede ocurrir debido a
variaciones en las representaciones de apego maternas debido a experiencias de
maltrato o abuso, eventos traumáticos o relaciones de pareja insatisfactorias
(Weinfield, Sroufe & Egeland, 2000 en Quezada & Santelices, 2009),
cambios en el contexto social (Buchheim, 2003 en Quezada & Santelices,
2009), pobreza, bajo nivel
socioeconómico, monoparentalidad y violencia doméstica (Huth-Bocks et al.,
2004 en Quezada & Santelices, 2009).
Respecto de los
factores económicos, se plantea que las mujeres de nivel socioeconómico bajo
presentan una mayor tasa de prevalencia de depresión postparto, como resultado
de cuadros depresivos preexistente, alcanzando un 57% de esta población (Araya,
Rojas, Fritsch, Gaete, Rojas, Simon & Peters, 2003). El estudio concluyó
que la depresión postparto es más frecuente en mujeres de escasos recursos, ya
que existe un menor acceso a psicólogos y psiquiatras especialistas en el tema,
además de que sus tratamientos presentan una duración menor. Considerando que
sólo un cuarto de las mujeres obtiene un tratamiento psicológico para su
depresión, es esperable que luego del embarazo continúen los síntomas
depresivos, afectando de este modo la relación con su hijo (Araya et al., 2003).
En cuanto a la
pobreza, como un concepto más amplio que el nivel económico que abarca varios
factores de riesgo dentro de los cuales se encuentran el estado financiero de
la familia, el cambio de casa continuo, barrios de alto riesgo social, parentalidad
adolescente, familias uniparentales y varios eventos negativos durante la vida,
aumenta el riesgo de psicopatología en el cuidador del bebé, más aún, cuando
varios de estos factores aparecen en un mismo momento en la vida de ambos,
exponiéndolo a altos niveles de estrés.
Cuando, además de esto, se suman la baja escolaridad y la falta de
oportunidades de empleo el estrés se vuelve continuo y crónico, reduciendo la
capacidad, tanto del cuidador como del niño para enfrentar con éxito
situaciones futuras. Los factores de riesgo señalados aumentan la probabilidad
de que los niños pasen de estrategias de apego organizadas a otras menos
coherentes. También han desempeñado un papel importante en cuanto a la forma de
clasificar la inestabilidad del apego en bebés de 12 a 18 meses (Ciccheti &
Cohen, 2006).
Un factor de riesgo para la familia y generador de
estrés en los padres o cuidadores, lo que puede reducir notoriamente la disponibilidad y
atención sensible y, en algunos casos incrementa el riesgo de crianza hostil o
abuso, es el número de niños en la familia, puesto que genera altos niveles de
estrés en los padres, en especial cuando algunos de esos niños tienen problemas
de ajuste o adaptación, o algún tipo de patología (Ciccheti & Cohen, 2006).
Respecto de otros
factores de riesgo, existen hallazgos que señalan que en el vínculo de apego entre
madres y bebés prematuros, la representación de la madre respecto del bebé está
directamente relacionada con el tipo de apego infantil, y no así el sólo hecho
de que los niños prematuros generan tipos de apego inseguros. Esto otorga un
mayor argumento a la noción de que las variables maternas pueden influir más
que las variables del niño en la conformación de la calidad del apego del bebé
hacia su madre, cuando ésta es su cuidador principal (Cox, Hopkins & Hans, 2000). Este tipo de descubrimiento, además, es consistente con la teoría del
apego (Ainsworth et al., 1978; Sroufe, 1985 en Cox et. al., 2000). Otros
resultados, sugieren que no sólo el nivel de riesgo neonatal, sino también las
representaciones maternas del bebé pueden contribuir a la variabilidad en la
distribución del apego en muestras de investigación con díadas en que los bebés
son prematuros. La perspectiva parental del apego es una importante contribución
al desarrollo del apego en los bebés y, por ello, es fundamental para la
comprensión de la naturaleza del apego en familias con los bebés prematuros (Cox et. al., 2000).
Un estudio
realizado en Chile concluyó que la variable paridad tiene un rol en el
establecimiento del vínculo de apego entre la madre y su hijo, observándose una
predominancia de estilo de apego inseguro en madres primíparas y una
predominancia de apego seguro en las madres multíparas. En este mismo estudio, se señala que los patrones de
apego seguro predominan en los partos de tipo eutócico. (Lecannelier
et al., 2008). Este mismo
estudio, no encontró correlación significativa entre la edad de la madre y la
calidad del vínculo de apego con sus hijos, pese a que las madres más jóvenes
tendían al establecimiento de un vínculo inseguro. Por otro lado, no se pudo
concluir que el estado civil de las madres fuese un factor decisivo en el
vínculo de apego, aunque existen teorías que indican que las madres que se
encuentran en relaciones más satisfactorias emocionalmente suelen presentar
mayor sensibilidad hacia sus hijos, y por ende, un vínculo de apego seguro (Howes & Markman, 1989 en Lecannelier
et al., 2008).
En otro estudio acerca del efecto de algunos factores de
riesgo sobre el tipo de apego, se observó que en cuyas familias en que la madre
e hijo presentaban una unión afectiva catalogada de insegura en cuanto a la
estabilidad, habían síntomas elevados, tanto paternos como maternos, respecto
al consumo excesivo de alcohol, depresión maternal así como conducta antisocial
en la madre. Esto, en contraste con aquellas familias en las que la unión
afectiva fue caracterizada como segura en cuanto a la estabilidad. La
estabilidad en cuanto a patrones de inseguridad entre la madre y el infante fue
asociada a altos niveles de expresiones negativas de afecto materno. En este
sentido, se pudo apreciar que la inseguridad estable entre el padre e hijo se
asociaba con bajos niveles de expresiones positivas de afecto durante las
interacciones entre ambos, en ciertos momentos, y altos niveles de emotividad
negativa durante otros momentos. En síntesis, los resultados indican que los
niños que se sentían inseguros en ambos casos (con ambos padres) presentaban,
en su mayoría, características de riesgo familiar (alcoholismo, depresión
materna, conducta antisocial de la madre) (Edwards, Eiden & Leonard, 2004).
Una amplia gama de bibliografía sugiere que la exposición a relaciones
violentas puede tener un impacto negativo en el desarrollo de los niños, generando,
a largo plazo, altos índices de problemas conductuales a medida que crecen (Ciccheti & Cohen, 2006).
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martes, 7 de mayo de 2013
Factores clínicos: Psicopatología Materna y Apego
El vínculo de apego
temprano puede verse entorpecido por múltiples factores clínicos, como los
antecedentes en la historia personal de madre o de trastornos psicopatológicos y
de personalidad. Numerosos estudios concluyen que los trastornos mentales o las
conductas inadecuadas de crianza en las madres aumentan las probabilidades de
desarrollo de un vínculo de apego inseguro con su
hijo (Cantón & Cortés, 2005).
Estudios
epidemiológicos, de acuerdo a Nonacs y Cohen (2005 en Silva & Piccinini,
2009), han identificado el puerperio como el período que tiene el más alto
riesgo de desarrollar trastornos psiquiátricos, especialmente en las mujeres.
Según los autores, los trastornos del ánimo más frecuentes en este período son
de tres tipos, dependiendo principalmente de su intensidad: melancolía de la maternidad, psicosis
postparto y depresión postparto. Schwengber y Piccinini (2004 en Silva &
Piccinini, 2009) definieron a la melancolía
de la maternidad como una especie leve y transitoria de
depresión, que experimenta un 80% de las madres poco después de haber dado a
luz. La psicosis posparto se podría definir como un trastorno de mayor
gravedad, caracterizado por sintomatología psicótica. Esta última es menos
frecuente, afecta entre uno y cuatro mujeres por cada mil nacimientos.
La depresión
postparto se ubicaría, en términos de severidad, entre estos dos extremos, de
acuerdo a lo señalado por Schwengber y Piccinini (2004 en Silva &
Piccinini, 2009). Alrededor del 15% de las madres llega a padecer
depresión postparto, la que se define como un trastorno depresivo no psicótico
que tiene lugar alrededor de las cuatro semanas de vida del bebé y pudiendo
extenderse hasta el primer año de vida inclusive. Este tipo de trastorno es
diferente a la reacción depresiva puerperal, también llamada “baby blues”, la
cual alcanza entre un 15 y 55% de las madres, las más altas se dan
principalmente en Asia (44%) (Murata y Col., 1998 en Romero-Gutiérrez,
Dueñas de la Rosa ,
Regalado-Cedillo, Ponce-Ponce de León, 2010), y Europa (Alemania,
52,2%) (Reck y col., 2009 en Romero-Gutiérrez et al., 2010), y se caracteriza
por cambios bruscos de humor, principalmente debido a los cambios hormonales
que sufre el cuerpo femenino tras el parto, estos síntomas no requieren
tratamiento específico y basta con una intervención educativa y apoyo familiar.
Algunos de los síntomas específicos de la depresión
postparto incluyen la tristeza y llanto fácil, la sensación de estar
sobrepasada por las demandas del hijo recién nacido, enojo e irritabilidad,
pensamientos obsesivos, sentimientos de soledad y abandono, rechazo a la
maternidad, sentimientos de culpa y desinterés por todo lo que rodea a la
madre, incluyendo a su bebé (Arranz, Aguirre, Ruiz, Gaviño, Cervantes, Carsi,
Camacho & Ochoa, 2008; Chávez, Hernández, Arce, Bolaños, González &
Lartigue, 2008).
Dentro de los factores considerados de riesgo para el
desarrollo de la depresión postparto se encuentran los antecedentes de
depresión en otras etapas de la vida de la mujer, problemas psicológicos y
desarrollo de otros síntomas psicopatológicos durante el embarazo, escaso apoyo
social, malas relaciones de pareja, estilo de vida estresante y otros eventos
traumáticos (Arranz et al., 2008). Por otro lado, dentro de los factores
considerados de riesgo para el desarrollo de patologías como la depresión
postparto se incluyen la dificultad de concebir hijos en forma natural y el
desgaste psicofísico que conllevan los tratamientos de fertilización asistida (Bayo-Borrás, Cánovas & Sentis, 2005; Chatziandreou, Madianos, & Farsaliotis, 2003; Palacios, Jadresic, Palacios, Miranda
& Domínguez, 2002).
Recientes estudios
refieren que la depresión posparto sería responsable de dificultades en la
interacción madre-recién nacido, pudiendo generar en estos últimos trastornos
psicológicos en el corto y largo plazo (MINSAL, 2008). Una madre con depresión
puede disminuir la sensibilidad necesaria para captar adecuadamente las señales
de su hijo y de responder ante ellas de forma suficientemente buena y rápida.
Además, se le hace más difícil tolerar las exigencias del cuidado de un recién
nacido, las que son intensas. Las deficiencias para regular o tolerar la
expresión de afectos negativos o el llanto del bebé pueden desencadenar un
vínculo de estilo inseguro si no se interviene a tiempo; es por ello que el
deterioro de las interacciones entre madres deprimidas y sus bebés puede tener
consecuencias desfavorables en el desarrollo psicológico del niño (MINSAL,
2008). Del mismo modo, diversas experiencias de deprivación materna tienen un
impacto negativo en el posterior funcionamiento del niño, en especial en la
regulación de emociones, en el autocontrol de impulsos y en el enfrentamiento
al estrés (Maldonado, Lecannelier & Lartigue, 2008).
La depresión post
parto repercute negativamente en las habilidades cognitivas maternas, en el
desarrollo del lenguaje expresivo de la madre y en su atención con el bebé,
factores relevantes para la sensibilidad materna. En primer lugar, la madre
tiene percepciones negativas de las conductas del niño, y los bebés de tres
meses son capaces de detectar el estado de ánimo de sus madres, modificando sus
propias respuestas de acuerdo a ellos, desarrollando un estilo de apego en
particular. Esto se ha vinculado a un retraso en el desarrollo cognitivo del
niño, dificultades sociales y de interacción. Los bebés con madres deprimidas
tienen mayores probabilidades de presentar problemas de conducta a largo plazo,
lo que se asocia a que las madres con depresión post parto tienen mayor riesgo
de manifestar conductas negligentes con sus hijos e, incluso, abuso infantil,
lo que afecta notoriamente el desarrollo de un apego seguro (González, 2006).
En estos casos, es frecuente que el recién nacido sufra algún tipo de
abandono o alejamiento y frialdad afectiva (Arranz et al., 2008) lo cual
indudablemente repercute en el vínculo de apego entre madre e hijo.
Este factor clínico
es de relevancia en el estudio de las variables de riesgo, ya que se estima que
un tercio de las madres chilenas presentan síntomas ansiosos o depresivos
durante la mitad de su embarazo, mientras que el 10% de ellas, además,
presentan depresión postparto (Jadrecis, Nguyen & Halbreich, 2007).
Entre las poblaciones de mayor riesgo para
desarrollar cuadros depresivos se encuentran las mujeres durante el periodo de
posparto, debido a que los cambios hormonales (baja de estrógenos) y la escasez
de recursos psicológicos para enfrentar los eventos psicosociales
desencadenantes de estrés favorecen la aparición de dicha patología; llegando a
alcanzar tasas cercanas al 10% en el caso específico de la Depresión Posparto
(Barra et al., 2009)
La depresión es aproximadamente dos veces
más común en las mujeres que en los hombres y, desde una perspectiva más
integral, podemos apreciar que en las mujeres se conjugan elementos biológicos,
sociales, culturales y económicos que resultan en factores de relevancia a la
hora de los desencadenantes o mantenedores de la depresión (factores de riesgo
sociodemográficos) (Barra et al., 2009)
Las diferencias de prevalencia en hombres y
mujeres parecen corresponder a los años reproductivos de una mujer y a la
relación entre esteroides gonadales y cerebro. Las mujeres están expuestas
durante toda la edad fértil a variaciones hormonales endometriales, humorales, ováricas,
adrenales y cerebrales. Esto se traduce entre otras cosas en variaciones de
conducta, humor, peso, apetito, libido y temperatura, tanto en la fase
folicular como en la luteínica (Barra et al., 2009)
Alrededor de un 30% a un 40% de las
gestantes presentan síntomas ansiosos y depresivos, durante el embarazo; y el
riesgo de hospitalización psiquiátrica, es casi 7 veces mayor durante los 30
días posteriores al parto que antes de embarazarse. Así, depresión y embarazo
son entidades que pueden presentar una estrecha relación (Barra et al., 2009)
Un aspecto relevante en relación a la depresión
post parto es que suele presentar dificultades para su diagnóstico por una baja
de reporte de síntomas emocionales, la atribución de sintomatología a una
reacción “normal” ante el embarazo y por el hecho que las atenciones de salud
para la madre, en el sistema público, se establecen sólo en el primer mes post
parto. El inicio de los síntomas en la Depresión Posparto
presenta variaciones en cuanto a frecuencia. En el 40% de las pacientes
aparecen después del primer control posnatal, en el 20% coincide con destete,
en el 16% con el reinicio de la regla, en el 14% con el inicio de
anticoncepción hormonal y en el 5% aparecen al año del posparto. Es por ello
que es importante contar con instrumentos de apoyo en el diagnóstico, como el
Screening Escala de Depresión Posparto de Edimburgo empleada y validada en
varios países y culturas, y traducida al menos a 23 idiomas diferentes, y que
se aplica 6 a
8 semanas Post parto (Barra et al., 2009)
Algunas manifestaciones de los bebés de madres con
depresión postparto son mantener una expresión facial de tristeza, voltear la
cabeza y evitar la mirada de la madre, además de aumento de la irritabilidad,
detectándose mayor frecuencia de apegos de estilo inseguros en las díadas
madre-hijo (Lartigue, Maldonado, González & Sauceda, 2008).
Un estudio chileno reciente, que trabajó con 72 díadas, utilizando los
instrumentos Situación Extraña para evaluar apego, autorreporte CAMIR para evaluar
las representaciones de apego y el OQ-45.2 para evaluar psicopatología, ha concluido que la psicopatología de la madre
está íntimamente relacionada con el estilo de apego inseguro en el hijo, donde
la psicopatología materna es un poderoso factor de riesgo para el desarrollo de
alteraciones en el vínculo de apego. En este sentido, la depresión en la madre
genera un estilo vincular con menos respuestas a las señales del bebé, mayor
hostilidad y críticas, con una actitud más pasiva o bien más intrusiva, señales
que se correlacionan con el estilo inseguro de apego (Quezada & Santelices,
2009). Esta misma investigación, reveló que la psicopatología de
la madre como variable tiene una capacidad predictiva del 69,4% sobre el estilo
de apego a desarrollar con su bebé, en especial los síntomas ansiosos y
depresivos, los cuales permiten discriminar entre los estilos seguros e
inseguros de apego (Quezada & Santelices, 2009).
Una investigación
extranjera realizada con muestras obtenidas de varias ciudades de Europa y en
una ciudad de estados unidos (n=296; 204 mujeres antes del parto y 96 de las
174 atendidas postparto), evaluó la calidad
del vínculo de apego asociándola a la depresión postparto, encontrándose que el
estilo inseguro de apego se correlaciona en forma positiva con la depresión, no
sólo en el periodo postparto sino también depresión durante el embarazo, de ahí
recae la importancia de evaluar estos síntomas cuando se estudia la calidad del
vínculo de apego en díadas madre-hijo (Bifulco et al., 2004). Del mismo modo,
otra investigación realizada en Finlandia (n=59 díadas madre-hijo durante el
embarazo; 4-5 meses post parto y cuando el niño tenía alrededor de 14 meses de
edad), comprobó que los
síntomas depresivos pre y postnatales en la madre aumentan el riesgo de
desarrollar un relación problemática entre madre e hijo, por cuanto estas
madres presentan una sensibilidad disminuida para captar las necesidades de sus
hijos en etapas tempranas (Flykt,
Kanninen, Sinkkonen & Punamaki, 2010).
Debido a la alta probabilidad de presentar
un cuadro depresivo, de cualquiera de las características ya señaladas, en
mujeres en edad fértil, probabilidad que aumenta aún más post parto como ya se
explicó, la necesidad de dar relevancia al efecto de esta patología en particular
sobre la relación madre-hijo se hizo evidente. Con ello no se descarta el hecho
de que otras patologías puedan afectar el apego madre-bebé, y como se vio en el
screening realizado a través del SCL-90-R, es evidente que la psicopatología
materna afecta, es decir, es un factor de riesgo en el establecimiento de un
apego inseguro, más aún si se acompaña de depresión post parto. Lo que puede
ser objetivo de estudio en un futuro no muy lejano.
Así pues, los
trastornos del estado de ánimo durante
el puerperio conllevan una serie de consecuencias para la madre donde se ven
mermados tanto su nivel de salud como la capacidad para experimentar el gozo de
la maternidad. Incluso se ha llegado a establecer que a pesar de que existen
unas tasas bajas de suicidio de mujeres en el periodo postnatal, aquellas que
desarrollan una depresión grave, sobre todo en el primer año tras el parto,
están en un riesgo elevado de cometer suicidio (Martínez,
Toledo, Pineda, Monleón, Ferrero & Barreto, 2001)
Esta sintomatología
afecta de forma negativa al desarrollo de los hijos y contribuye también al
deterioro progresivo de las relaciones conyugales y familiares. Dadas estas
premisas es evidente que la maternidad es un cambio en la vida de la mujer que
influye no sólo en su cuerpo sino en sus
relaciones sociales, su identidad, su conducta y sus futuros proyectos de vida
(Martínez et al., 2001)
En síntesis, se ha
visto que la madre que presenta psicopatología o depresión
postparto presta un cuidado menos sensible a su hijo, haciéndolos más propensos
a desarrollar un estilo de apego inseguro, debido a que esta madre tendría más
dificultades para desplegar sus capacidades en beneficio de la relación con su
bebé (Espinosa, Beckwit, Howard, Tyler & Swanson, 2001; Beckwit, Rozga
& Sigman, 2007).
Finalmente, de acuerdo a todo lo revisado anteriormente, la
detección de la tristeza materna o “baby blue” en el inicio del puerperio puede
ser una muy buena estrategia para identificar el riesgo de depresión postparto
y, así, evitar que estas madres sufran y teman a sus síntomas en forma
silenciosa. El diagnóstico oportuno permitirá ofrecer a la madre un tratamiento
temprano, influyendo positivamente en la relación madre-hijo y evitará en el
niño trastornos emocionales a largo plazo (Romero-Gutiérrez et al.,
2010).
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viernes, 3 de mayo de 2013
FACTORES DE RIESGO EN EL ESTABLECIMIENTO DEL VÍNCULO DE APEGO TEMPRANO
En uno de los
primeros estudios chilenos (Lecannelier,
Kimelman, González, Núñez & Hoffmann, 2008), los resultados evidenciaron un
alta tendencia a establecer apego seguro entre las díadas, llegando al 73%, distribución
similar a la estudios internacionales en poblaciones normativas (Sroufe et al.,
2005 en Lecannelier et al., 2008). Sin embargo aún es necesaria la
identificación de los factores de riesgo para el establecimiento de un estilo
inseguro de apego.
Los investigadores
del apego, en el último tiempo, se han ido desplazando hacia modelos multinivel
más complejos respecto a los factores de riesgo.
Un modelo acerca
del desarrollo de patrones de apego, postula que habría transacciones
bidireccionales entre los factores: personalidad, cuidador y contextos de
riesgo. Un factor de de riesgo por tanto, se podría asociar con otros. Como un
nivel de riesgo extremo se puede potenciar con cualquier otro factor de riesgo,
la probabilidad de psicopatología al desarrollar un patrón de apego inseguro se
incrementa (Ciccheti & Cohen, 2006).
En diversos casos
la enfermedad psiquiátrica del cuidador principal o la madre repercute en la
forma en que se cuida y se trata al hijo, influyendo inevitablemente, en el
vínculo que se establece entre ambos (Marrone, 2001). Más específicamente, los
problemas psicológicos en las madres (patología mental, alcoholismo, maltrato
infantil, entre otros) tienen un claro efecto sobre el desarrollo de apegos
inseguros. Sin embargo, pese a que los problemas en el niño (prematuros,
Síndrome de Down, entre otros) generan un efecto negativo sobre el vínculo que
se establece entre madre e hijo, este es menos evidente. Esto se puede
interpretar como que las dificultades o limitaciones de los niños no ponen en
peligro el desarrollo de relaciones seguras de apego, en cambio las de las
madres sí, puesto que el hijo no puede compensar las deficiencias de las
madres, aumentando el riesgo de generar un apego inseguro (Cantón & Cortés,
2005), las madres, supone la teoría del apego, dispondrían de mayores
capacidades para poder adaptarse a las necesidades del hijo.
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lunes, 15 de abril de 2013
Estilos o patrones de apego
Inicialmente se
conceptualizaron tres estilos de apego, el apego seguro, el apego inseguro
evitante y el apego inseguro ambivalente (Ainsworth et al., 1978), luego Main y Salomon (1990 en Oates, 2007)
incluyeron el estilo de apego desorganizado, todos los cuales se describen a
continuación:
Apego seguro: el
apego seguro se puede observar cuando el niño expresa con libertad el stress,
sentimientos de confianza, busca cariño, contención y mantiene tranquilidad en
periodos de exploración. Se observa una interacción sensible de la madre con su
hijo, con respuestas adecuadas a las señales del bebé, estas madres se
involucran más con sus hijos, expresando más emociones
positivas que negativas (Cantón & Cortés, 2005). Del mismo modo, las madres
son empáticas con las necesidades que manifiesta el hijo, donde el
cuidado es estable, predecible y coherente (MINSAL, 2008). Cuando un niño ha
desarrollado un apego seguro, puede explorar con seguridad alcanzando diversas
tareas en su desarrollo, llevándolo a su máximo potencial (Besoain &
Santelices, 2009).
Apego inseguro
evitante: Estos niños no expresan abiertamente el stress, porque no sienten que
la madre podrá confortarlo, así aparecen como independientes, controlados y con
pocas expresiones afectivas buscando la exploración y la lejanía física (MINSAL,
2008), pareciera ser un niño poco afectado por la separación con la figura de
apego, además suelen ignorar a la madre o cuidador principal cuando se
reencuentran (Díaz & Blánquez, 2004). La conducta de la madre se
caracteriza por resentimiento y rabia, oponiéndose a los deseos de su hijo, con
poco contacto físico positivo, siendo éste intenso e intrusivo (Cantón &
Cortés, 2005).
Apego inseguro
ambivalente: también llamado resistente ambivalente (Cantón & Cortés,
2005), los niños presentan conductas en extremo sensibles, con aferramiento a
la madre y con rabia en momentos de separación, ya que la busca de modo ansioso
y frustrado (MINSAL, 2008), agitándose en extremo cuando la figura de apego
desaparece de su vista, del mismo modo, cuando se encuentra nuevamente con la
madre, estos niños suelen adoptar dos conductas extremas: un apego excesivo o
bien el rechazo manifiesto, transformándose en la edad escolar en niños con
escasa asertividad y pobres relaciones sociales (Díaz & Blánquez, 2004).
Las madres en este estilo de apego son insensibles e inconsistentes en forma
predominante, pudiendo actuar en ocasiones de manera sensible pero en función
de sus propios deseos o estados de ánimo (Isabella, 1993 en Cantón &
Cortés, 2005).
Apego
desorganizado: Main & Salomón (1990 en Oates, 2007) suman a los anteriores
este cuarto tipo de apego entre niño y cuidador. Es un estilo de apego donde el
niño desarrolla un comportamiento desorientado, desordenado o desorganizado,
con pautas de conducta contradictorias como son movimientos incompletos o
precarios, además de expresar confusión al acercarse a sus padres. De este modo
el apego de estilo desorganizado es un quiebre en la pauta conductual y
experiencial de los otros estilos que subyacen, sea evitante, ambivalente o
seguro. El niño realiza conductas y expresiones extrañas, descontextualizadas o
de congelamiento (Goldstein, Larrain, Lecannelier & Pollack, 2008).
Lyon-Ruth y Jacobovitz (1999 en Oldham, Skodol & Bender, 2007) señalan que
estos niños pueden mostrar bloqueo, aplaudir (fuera de contexto), presentar
movimientos de cabeza sin estímulo aparente, y deseo de escapar de una situación,
incluso en presencia del cuidador. Los padres o cuidadores principales de estos
infantes los atemorizan con sus conductas, pues éstas tienden a ser caóticas,
intensas y desproporcionadas. Por la paradoja de que la fuente vincular es la
que no protege y, además, daña o atemoriza, estos niños se vuelven hiper-alertas
al entorno, pero poco comprensivos y mal adaptados al medio (Lecannelier,
2005), entre otras conductas desorganizadas.
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Conceptos fundamentales sobre el apego temprano II
Otro concepto
fundamental de esta teoría se relaciona con la representación y la
internalización que se da en el contexto social, entre padres e hijos, que se
definen como un “modelo operativo interno del self y del otro” (Moneta, 2003, p.44),
también llamados “modelos internos de trabajo” (Moneta, 2003, p.2; Bowlby,
1989).
Estos modelos son
representaciones que el bebé construye en torno a la figura vincular,
frecuentemente la madre, y a sí mismo (Bowlby, 1989; Moneta, 2003), y se
conforman a partir del cuidador y las formas que él establece de comunicarse y
comportarse. De este modo surgen del comportamiento real de la madre hacia el
hijo, de las imágenes acerca de él que le son comunicadas y también por la
manera de tratarlo y hablarle; mediante el proceso de la internalización, el
hijo obtiene una representación de sí mismo, de lo que la madre piensa y siente
acerca de él, además de sus miedos y deseos, sirviendo como base para toda la
vida, contiene las representaciones del mundo y de sí mismo, que se van
incorporando a lo largo de las diversas experiencias, por ello no dependen
exclusivamente de la figura de apego, sino también de su ausencia
(inaccesibilidad) y las respuestas para adaptarse a ella (Marrone, 2001). Al
ser construidas en los primeros años de vida, se convierten en estructuras
cognitivas más o menos permanentes y que en el futuro operan de manera
inconsciente (Bowlby, 1989).
Otro concepto
relevante en la teoría del apego es la respuesta sensible del cuidador como un
organizador de la psiquis del hijo (Marrone, 2001). La sensibilidad materna es
definida por Ainsworth como la capacidad para percibir las señalas no verbales
del bebé, captando su necesidad, interpretándolas adecuadamente y respondiendo
en forma contingente (Ainsworth,
Waters & Wall, 1978).
La falta de sensibilidad, por su parte, indica un fracaso del cuidador en la
interpretación de las señales o deseos del bebé, no logrando apoyo en sus
estados positivos o displancenteros (Ainsworth et al., 1978; Marrone, 2001; Enríquez et al.,
2008). Se ha estudiado que los apegos de estilo seguros se relacionan con una
alta sensibilidad materna, en especial durante el primer año de vida del niño
(Wolff & Van Ijzendoorn, 1997). De este modo, entendemos que la respuesta
sensible de la madre cumple con dos funciones importantes para el bienestar del
bebé, en primer lugar la de acceder a su estado mental de manera tal, y esta es
la segunda función, de atribuirle un significado, lo que implica la marcha de
una serie de complejos procesos afectivos y cognitivos, basados en los propios
modelos operativos de la madre y de su capacidad para comprender el estado
mental del hijo, pudiendo reflexionar acerca de ellos. La respuesta sensible
permite a la madre sentir empáticamente a su hijo, pero a la vez poder
reaccionar en forma independiente de él (Marrone, 2001).
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jueves, 16 de agosto de 2012
Entrenamiento esfínter 2
Al levantarse:
1. Preguntar al niño si desea ir al baño, si el pañal ha
amanecido seco es probable que a esta hora tenga deseos, llevarlo al baño con
su pelela y sentarlo por un tiempo de 10 minutos más o menos.
Luego del desayuno:
2. preguntarle si tiene deseos de ir al baño, sentarlo en
la pelela o baño por 10 minutos más o menos.
A medio día:
3. preguntarle si tiene deseos de ir al baño, sentarlo en
la pelela o baño por 10 minutos más o menos.
Luego de almuerzo:
4. preguntarle si tiene deseos de ir al baño, sentarlo en
la pelela o baño por 10 minutos más o menos.
A media tarde:
5. preguntarle si tiene deseos de ir al baño, sentarlo en
la pelela o baño por 10 minutos más o menos.
Antes de acostarse:
6. preguntarle si tiene deseos de ir al baño, sentarlo en
la pelela o baño por 10 minutos más o menos, luego colocarle el pañal de noche,
pero diciendo que usted lo va a levantar para llevarlo al baño a media noche.
Es importante:
Durante todo el día, reforzar al niño e incentivarlo a que
pida ir baño cuando así lo desee, si usted observa muecas, caras donde el niño
pareciera hacerse pipí o caca, debe tratar de llevarlo al baño o sentarlo en la
pelela lo antes posible, diciéndole que aguante, sin retarlo o gritarle. Si lo
logra se refuerza positivamente con elogios y alabanzas su buen aprendizaje.
Hay niños que aprenden en un par de semanas con mucha
facilidad, otros tarden más tiempo, por lo que es importante tener paciencia y
ser perseverante, nunca retar al niño, mostrarle en forma calmada cómo se va al
baño, como se limpia, etc.
viernes, 25 de junio de 2010
Comunicación Afectiva en la Familia
La mayoría de las familias presenta una comunicación efectiva entre sus miembros, sea por medio verbal o no verbal, por lo que se dice y por lo que no se dice; sin embargo, muchas de ellas no mantienen una comunicación afectiva, es decir, la capacidad para escuchar activamente desde los emocional y desde lo racional en una postura de genuina aceptación por lo que les sucede a cada uno de sus miembros.
La comunicación afectiva propicia un ambiente de respeto entre padres e hijos, por cuanto se reconocen errores y se acepta al otro en su conflicto.
El adulto en este sistema debe ser capaz de escuchar al hijo, en especial, cuando se encuentra en situaciones difíciles y problemáticas para él. La escucha del adulto debe estar en sintonía emocional con el niño, con una postura física acorde, mostrando explícitamente señales de respeto, de atención y de comprensión, evitando los juicios de valor.
Del mismo modo, el adulto debe acoger y respetar las emociones del niño, que en situaciones difíciles suelen pertenecer al polo negativo. Las principales emociones de los niños en estas situaciones son el miedo y la rabia, pero pueden aparecer otras tales como desesperanza y decepción.
Por otro lado, se debe ofrecer al menor ayuda para la búsqueda de soluciones a su problema, de modo de que sean observadas de forma objetiva y neutral, para que el niño también pueda observarlo.
Asimismo, un adulto debe mostrarse empático, colocándose en el lugar del niño en forma genuina y respetuosa. De este modo, logrará sintonizar emocionalmente con el menor, comprendiendo que sus rabias, miedos o penas son difíciles de sobrellevar sobretodo si se cuenta con menos recursos cognitivos y emocionales para elaborarlas. Para esto es útil recordar en términos afectivos la propia infancia, y lo que se sentía a esa edad.
Finalmente, un adulto debe siempre operar desde la fe en la honradez y veracidad del relato del niño, creyendo lo que ese niño siente y experimenta.
La comunicación afectiva propicia un ambiente de respeto entre padres e hijos, por cuanto se reconocen errores y se acepta al otro en su conflicto.
El adulto en este sistema debe ser capaz de escuchar al hijo, en especial, cuando se encuentra en situaciones difíciles y problemáticas para él. La escucha del adulto debe estar en sintonía emocional con el niño, con una postura física acorde, mostrando explícitamente señales de respeto, de atención y de comprensión, evitando los juicios de valor.
Del mismo modo, el adulto debe acoger y respetar las emociones del niño, que en situaciones difíciles suelen pertenecer al polo negativo. Las principales emociones de los niños en estas situaciones son el miedo y la rabia, pero pueden aparecer otras tales como desesperanza y decepción.
Por otro lado, se debe ofrecer al menor ayuda para la búsqueda de soluciones a su problema, de modo de que sean observadas de forma objetiva y neutral, para que el niño también pueda observarlo.
Asimismo, un adulto debe mostrarse empático, colocándose en el lugar del niño en forma genuina y respetuosa. De este modo, logrará sintonizar emocionalmente con el menor, comprendiendo que sus rabias, miedos o penas son difíciles de sobrellevar sobretodo si se cuenta con menos recursos cognitivos y emocionales para elaborarlas. Para esto es útil recordar en términos afectivos la propia infancia, y lo que se sentía a esa edad.
Finalmente, un adulto debe siempre operar desde la fe en la honradez y veracidad del relato del niño, creyendo lo que ese niño siente y experimenta.
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