Para referirse a
las psicosis infantiles se han empleado distintos términos y modalidades, tales
como pseudo psicosis, psicosis incipiente o psicosis borderline, abarcando con
ellos una amplia gama de enfermedades mentales. Esta variedad de términos
denota el desconocimiento que sobre la psicosis y, en particular, sobre la
esquizofrenia, ha existido hasta épocas recientes.
La concepción
actual de los trastornos psicóticos ha permitido aclarar las diferencias
existentes entre las distintas tipologías del trastorno, lo cual ha facilitado
su comprensión y la ampliación de los conocimientos sobre su etiología,
características, curso, pronóstico y tratamiento.
Así las
clasificaciones más recientes acerca de las psicosis infantiles y juveniles
hablan del trastorno esquizofrénico en niños y adolescentes.
Los trastornos
esquizofrénicos tienen importantes repercusiones, no sólo por su impacto en las
personas afectadas y en su entorno familiar y social, sino también por las
necesidades planteadas en los servicios de salud mental y los costos económicos
asociados.
Cuando la
esquizofrenia aparece en las primeras etapas de la vida de una persona, los
efectos negativos de la misma se ven en gran medida acentuados, ya que bloquean
el desarrollo del niño en sus diferentes áreas.
Teniendo en
cuenta la diversidad de modelos teóricos que explican la enfermedad desde sus
orígenes, resulta complicado intentar explicar sus causas, partiendo de la base
de que ésta no se podrá explicar por una única causa.
Existen varias
hipótesis biológicas, las cuales han llegado a la conclusión de que los niños
esquizofrénicos presentan una disfunción del sistema nervioso, incluyendo
retardo motor, problemas de coordinación, desviaciones preceptúales y otros
signos neurológicos débiles. La presencia de pensamiento desordenado es propia
de muchos trastornos, pero en un gravo más elevado al normal esta manifestación
puede ser un signo de vulnerabilidad a la esquizofrenia. De ese modo el
pensamiento que se intenta transmitir es tan complejo que hace que su expresión
a través del lenguaje resulte muy dificultosa.
Bender, en 1971,
defendió la existencia de un déficit biológico central observable según la
etapa evolutiva del niño, en un desarrollo lento y desigual de todas las áreas
del sistema nervioso.
Otros autores
han descrito a estos niños y adolescentes como deficitarios en la atención, en
los tiempos de reacción, son más lentos, en el seguimiento visual y en la
realización de tareas cognitivas.
Así, estos niños
dedican sólo parte de sus recursos a la tarea que han de realizar y el resto de
su atención se desvía a situaciones irrelevantes, por lo que son incapaces de
concentrarse en lo que resulta necesario.
Las hipótesis
genéticas hablan de una predisposición a la esquizofrenia en niños con
antecedentes familiares de esquizofrenia y otras psicosis. Así, es conocido que
el riesgo de desarrollar un trastorno esquizofrénico se correlaciona en gran
medida con la proporción de genes que se comparte con un miembro de la familia
afectado.
Existen otras
hipótesis relacionadas a factores sociales y psicológicos que hacen que un niño
se encuentre vulnerable a desarrollar la enfermedad.
Los
acontecimientos vitales experimentados por la persona, la calidad del apoyo
social, el nivel socioeconómico y las características de la familia son
probables factores relacionados con el trastorno. Respecto de los
acontecimientos vitales, algunos estudios han detectado un incremento de
experiencias negativas en las semanas previas al inicio de los síntomas, si
bien es probable que su acción se de en combinación con otros factores. Si
durante los primeros años de vida el niño ha tenido relaciones interpersonales
negativas, pueden aparecer dificultades posteriores en sus relaciones con
otros, lo cual mermará en gran medida la cantidad y calidad del apoyo social
que reciba. Esta situación estresante en niños vulnerables genéticamente puede
conllevar una mayor probabilidad de desarrollar el trastorno esquizofrénico.
Por otro lado,
mientras más bajo sea el nivel socioeconómico de la persona, más probabilidad
de desarrollar un trastorno esquizofrénico, esto es así bien porque la persona
desarrolla escasas habilidades de afrontamiento debido a las condiciones
adversas de la vida a las que se ve sometido, bien porque esta situación
económica concreta genera otros problemas, tales como aumento de estrés, de
criminalidad o la falta de vivienda, todo lo cual redundaría en una mayor
vulnerabilidad a desarrollar el trastorno.
En relación a la
dinámica familiar, se ha detectado correlación entre la manera de cuidar a los
hijos y la existencias de algún miembro con patología. Aunque estos estudios
son preliminares dan indicios de un patrón familiar disfuncional para el
desarrollo psicológico del niño.
Generalmente,
las manifestaciones clínicas de la esquizofrenia suelen dividirse en síntomas
positivos y síntomas negativos.
Los síntomas
positivos se refieren a los excesos conductuales manifestados por estos niños,
entre los que se encuentran las alucinaciones, los delirios, el pensamiento
desordenado o el comportamiento extraño.
Por su parte,
los síntomas negativos hablan de la carencia de las conductas que normalmente
se dan, e incluyen manifestaciones tales como la pobreza de la estructura y el
contenido del lenguaje, la apatía o el afecto aplanado, el retaso psicomotriz o
el asilamiento.